Por Luis Goyanes, director People Excellence

Luis Goyanes
A: «Se te nota todavía un poco inseguro, has cometido un par de errores. Has dicho que aumenta la progresividad en lo del sistema fiscal y lo que aumenta es la regresividad, pero son chorradas…».

B: «Bueno, pero eso es lo mismo».

C: «Nada, nada, di que has estado muy bien. Has estado muy bien».

A: «Lo que te quiero decir, lo que tú necesitas saber para esto son dos tardes».

B: «¿Sabes qué es lo peor?, que me gusta».

¿Le suena la frase? Estoy convencido de que sí. Si hacemos memoria nos remontamos a la conversación privada entre un presidente del Gobierno y uno de sus ministros económicos, al término de una conferencia del primero sobre economía.

La frase resume a la perfección lo que algunos eruditos de Recursos Humanos llaman «los dos minutos del conocimiento». Parece que en nuestro mercado basta con realizar dos descargas en internet y un par de ilustraciones de un buen banco de imágenes para montar un manual y empezar a impartir lecciones magistrales sobre el impacto del lenguaje sobre nuestras neuronas, crear una escuela de pensamiento, todo ello acompañado de un buen título sajón, como neuromarketing, por poner un ejemplo.

Vaya por delante mi respeto al cobijo que economistas, abogados, ingenieros y demás profesionales reconvertidos han encontrado en la consultoría de Recursos Humanos. Sin embargo, cuando uno habla del hipotálamo, el lóbulo prefrontal o el cerebelo, sería bueno que hubiera tenido una cierta formación en neurología. Si decide dar lecciones sobre la gestión de las emociones, no estaría mal una cierta base de psicología. Y, por supuesto, si decide ponerse el cartel de coach, no debería bastar con ser encantador… aunque sea de serpientes.

Esta es una reflexión preventiva acerca de cómo el intrusismo de dos tardes, se ha apoderado poco a poco de un mercado ávido de escuchar ideas novedosas aunque se encuentren carentes de un mínimo sustento conceptual y del dominio por parte de quien lo difunde.

Los efectos imaginables son los que ya hemos vivido en otros temas: insatisfacción por el resultado, sensación de no cobertura de expectativas, difusión de una imagen de falta de profesionalidad en el mercado, gasto sin retorno …

Sin embargo, en este tema, como en cualquier otro profesional, la última palabra la tiene los que deciden contratar. Igual que en aquella conversación, la decisión la tenían los que decidían con su voto.

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